
Habías llegado al momento que durante mucho tiempo temiste o deseaste (esto tiende a confundirse en mi memoria) y estabas con una cara de ensoñación que pronto se convertiría en la relajación total de los músculos faciales que te harían dibujar a ratos una mueca y al siguiente segundo dar paso a la sonrisa más inocente para saltar a dejar entrever un rostro totalmente morboso rayando en lo profano. Estabas ahí, sentado en el centro de la cama y recostado en todas esas almohadas como tu madre te trajo al mundo; con las piernas ligeramente flexionados y viéndome con tu mejor cara de diversión.
Me arrodillé en el borde de la cama y apoyé los talones en mis nalgas con mis manos en la cintura y te sonreí. Me divertía el hecho de tu expectación y me maravillaba ver a lo largo de toda tu piel un rocío de sudor apenas inperceptible a la vista.
Empezé por acariciarte las pantorrillas, fuertes, moldeadas con ese vello que se empeñaba en cubrir tu cuerpo. Deslicé mis uñas hasta llegar a aferrarme a tus rodillas y separé lentamente tus piernas para dejar a la vista tu inconfundible sexo provisto de toda la potencia que tu virilidad le concedía.
Avancé a gatas desde tus rodillas recorriendo con mi lengua tus muslos y depositando sobre ellos mi aliento caliente, subiendo y bajando, deteniéndome, mordiendo suavemente esas piernas fuertes y bien torneadas. Me entretuve en tu entrepierna mientras mis manos no dejaban de acariciar los costados de tu cuerpo. Supe que algo se movía como si tuviese vida propia, me percaté con el rabillo del ojo de tu erección inminente pero la ignoré totalmente, me ocupaba de pasar la lengua por la unión que forman el final de tu pierna y el torso; ahí en donde empezaba el nacimiento de todo lo que te define fisicamente como espécimen del sexo hombre, género masculino.
Llegué a tus testículos poseedores de esa forma redondeada y serena que los hacían convertirse en 2 preciosos promontorios ovales que empecé a devorar lentamente, haciéndolos deslizar por mi boca, llenándolos de saliva para resbalar mis labios de uno a otro y detenerme a chupar con avidez ese espacio tan pequeño que separa esas bolas delicadas de tu culito vírgen.
Tu excitación aumentaba y me dispuse a seguir el recorrido de mi lengua hasta llegar al nacimiento de tu pene, continué rasguñando suavemente tu pelvis hasta hacer que te erizaras y a diferencia de mis ojos cerrados mientras avanzaba por tus piernas, esta vez los abrí y te miré fijamente mientras mis labios amenazaban con recorrer tu pene.
Saqué mi lengua suavemente empapada en la saliva que me ocasionaba ver aquel miembro tan delicioso cual fruta que te hace agua la boca y empezé a recorrerte con la puntica apenas mientras observaba como tu rostro se mostraba encantado con las sensaciones que estabas experimentando. Lo recorrí completico con la lengua, lo rodeé, le hice mil figuras imaginarias con mis labios sin atreverme a posar mis manos sobre él.
Por momentos paraba y veía cómo una leve angustia se hacía cargo de aparecer en tu rostro, no querías que parara verdad?... a este punto yo tampoco podía parar...
Me decidí por fin a tomar entre mis manos aquel trofeo muy delicadamente y jugueteé con esa cabecita que por momentos se veía roja y a la cual de repente le salieron unas gotas cristalinas que lamí con la mayor de las ganas sin perderte de vista, recepcionando en mi cerebro cada expresión que signicaba el extásis.
Presioné con mis labios la punta de tu pene hasta que su cabeza entró en mi boca y pude mover mi lengua rodeándola una y otra vez. Tu mirada gritaba que terminara de introducir ese falo hasta mi mismísima garganta pero yo estaba en coordinación con el incendio producido en mi vagina, tu placer y el placer que me causaba verte al rostro fijamente y saber que me estaba comiendo todas tus ganas contenidas desde hacía meses, prisa era lo menos que tenía :)
Introduje un poquito más toda tu dureza en mi boca y luego sin previo aviso y sin dejar de observar, tu pene se perdió en ese espacio que semejaba una cuevita empapada de saliva mientras mi lengua se acomodaba placidamente a su nuevo inquilino y lo acariciaba sin cesar hasta adquirir un ritmo cadencioso de entradas y salidas sin dejarlo escapar.
Gemías, pedías, me hablabas en susurros que por momentos se cortaban porque sentías que la respiración se te quedaba contenida en el pecho, en el sexo, en la vista de mis nalgas y mi espalda. Tu mente era gozo total mientras yo seguía comiéndome ese miembro a punto de explotar.
Chupé con fuerza y determinación mientras se perdía completico en mi boca, sabía que no faltaba mucho para hacerte venir en incontrolables espasmos; lo intuí porque agarraste mi cabello sin halarlo y guiaste con determinación mi cabeza. Saqué tu pene de mi boca, te miré, pasé la lengua fuertemente por su cabeza y al introducirlo nuevamente no pudiste más y sentí cómo su dureza se convertía en acero templado y empezó a expulsar ese líquido espeso y particular. El primer disparo llegó hasta mi garganta y al sacarlo un poco me llenaste los labios, la lengua, mientras yo lo sostenía con mis manos y lamía desesperadamente para que no se perdiera nada, saboreando, tragándome literalmente tu placer, jugando con el sonido de mi boca al chupar. Viendo cómo tu cara se convertía en la felicidad extrema y absoluta que te rendía esa boca que tantas veces deseaste y que en ese momento por fin, era una sola con tu pene.
Caiste rendido y con la mente en blanco, entonces me quedé besando suavecito ese falo divino, sintiendo que me pertenecía en ese instante y adorándolo con las caricias más tiernas porque nuestro momento apenas empezaba...