Lavó los platos y los secó, los acomodó y se dispuso a entrar en la habitación. Recorrió con la mirada los últimos meses, los últimos rincones de su alma y se dispuso a empacar...
Se situó junto a la cama en donde estaba la maleta abierta y empezó a guardar lo que poseía: metió en una cajita un sin número de caricias de todos los tamaños, la tapó y la acomodó, le hizo espacio a la pequeña bolsa de nylon que tanto le gustaba y la llenó de gemidos y mordiscos junto a algunos ronroneos y cuando estuvo llena la ató y guardó junto a la caja. Tomó de encima de la cama el morral pequeño de cuando hacía viajes cortos y lo lleno de montones de besos de todos los sabores, guardó en los bolsillos de sus shorts la paciencia que había tenido en los últimos tiempos, el desconcierto al que se tuvo que enfrentar cuando creyó enloquecer y la seguridad de que tendría que seguir recorriendo los caminos que la llevaran a sentirse plena.
Por último empacó sus más preciados tesoros: una cajita de música que contenía el ombligo de su hija, un escarabajo verde esmeralda que brillaba con la luz y todo el amor del que era poseedora; y en el tarro que la había acompañado la mayor parte de su vida, metió su más grande cualidad, la de ser humana...
Cerró la maleta suavemente y aunque había una sensación ahogándole el pecho y carcomiéndole las entrañas, caminó hacia la puerta con paso seguro y la mirada triste. Sus pertenencias y ella no tenían espacio en esta casa, no pertenecían aquí por más que ella se hubiese empeñado en que así fuera; el habitante de este lugar no quería nada de lo que ella le ofrecía...
Salió y cerró la puerta a sus espaldas, sin mirar atrás...









